Raúl, 1977. El graffiti le provoca chutes artísticos irrepetibles. Detrás de las capas de pintura plástica pétrea y esmalte sintético, se esconde un ojo clínico que conecta con el pulso de la calle.
Los viajes han sido una constante en la trayectoria del Niño de las pinturas.
Las calles de Argentina, Portugal, Francia, Venezuela, Holanda, Italia, Hungría o Bélgica tienen su sello de arte efímero, cuyas mejores obras recoge el libro A través del muro.
Los ojos de Raúl se iluminan cuando recuerda sus inicios y las primeras cartas con otros graffiteros en los años ochenta: “Era un rollo muy bonito. Todo artesanal y underground. Sólo decíamos aquí te mando un taquito de fotos espero que te molen”.
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